Claudia Elliott
Memoria de Armando Zubizarreta
Todavía espero una llamada suya para darme urgentes consejos sobre la vida académica española, sobre todo cuando alguno de ellos es maestro y amigo, y remonta en tanto peruano de Salamanca y paciencia debida a los colegas ilustrados, y pasa por su tertulia memoriosa, y más aún con Armando Zubizarreta, de estirpe vasca, y discípulo del cenáculo de Zamora Vicente en Salamanca. A nosotros, sus discípulos, nos tocó hospedarnos en su casa donde no cabía un discípulo más, pero crecía la plática filológica de los alojados. Leímos a Borges y Vallejo, descifrando el laberinto filológico y salmantino.
Todos sus discípulos pasamos por la lectura implacable de las comas y las licencias de Borges, cuyo Aleph nos abrió espacio.Armando revisaba nuestros artículos, filológicamente, entre pausas elocuentes. Pero lo que mejor nos enseñó fue el amor por el lenguaje, que era propio y otro en nuestra lectura.
Cuando se mudó a los Estados Unidos, sus discípulos, ya profesores, lo pudimos convocar a nuestras universidades respectivas. Alguna vez pude invitarlo a un par de ellas, y fue feliz. No dejó de enviarnos a sus discípulos sus artículos memoriosos.
Y como decían los clásicos: Donde las olas lo lleven, sigue arribando. Desde el alfabeto clásico: donde otra orilla lo celebra.
Julio Ortega

